Ayuntamiento de Villafranca de los Caballeros Tel: 926 55 86 40

Utilizamos 'cookies' de terceros para analizar las visitas que recibe la web con fines estadísticos. Pulse Aceptar para su uso.

Para más información pulse Saber más

Acepto
Banner Secci turismo

INICIO

El urbanismo de Villafranca de los Caballeros anterior al año 1.183, fecha en que la Orden Militar de San Juan se asentó en el Castillo de Consuegra, se reduce a pequeños núcleos de población, ibero, romano, y árabe principalmente, establecidos en las riberas del Río Amarguillo.

La zona de Villafranca empezó a repoblarse en siglo XIV, un siglo más tarde que el resto de las aldeas que formaban el Campo de San Juan. El siglo XVI supuso para esta villa un despertar en el aspecto administrativo, político, cultural y artístico. Por un lado se observo un gran incremento en su población, quizás debido al auge económico del momento o la concesión del Privilegio de Exención de la Jurisdicción de Consuegra. De otro lado, en la primera mitad de este siglo, la Orden de San Juan mando construir su Parroquia en un lugar descampado, en la ribera del Río Amarguillo. El siglo XVII fue una prolongación del siglo anterior. Su población siguió el ritmo creciente hasta los años centrales del siglo XIX.

La modelación del casco urbano de Villafranca siempre estuvo supeditada a la acción del Río Amarguillo. En 1.788, por orden del Infante Don Gabriel, se abrió el actual cauce del río con su malecón o Atajadero. A Francisco Sostre, Aparejador del Gran Priorato de San Juan, se debieron toda clase de planes y proyectos para salvar Villafranca de las espantosas crecidas y avenidas del río. Gozan de especial singularidad sus diseños de puentes (del Camino Real que va a Herencia, del Río Valdespino, del Camino del Monte, y de espaldones (desde los Caminos Alto y Bajo de Camuñas hasta la Zanja, y desde la ermita de San Blas hasta la Zanja antigua).
La configuración de la red viaria quedo establecida en el setecientos. La calle del Riato, formada en 1.784, marco la organización del resto de las vías.

En el centro del casco urbano se distribuyeron como zonas públicas, las plazas de Villafranca. En fecha temprana apareció la llamada de la Cruz de Lozano, y a partir de ella surgieron las demás: la plaza del Ayuntamiento, el Pozo Palacio (en la segunda mitad del siglo XVIII tomo la acepción de plaza) y las plazuelas de la Carnicería y de Toribio.

Las manifestaciones artísticas se localizaron, desde un principio, en los puntos más céntricos del poblado.

Las arquitecturas civiles más sobresalientes estaban agrupadas entre ellas, las casas de Ayuntamiento, alzadas al lado de la plaza que lleva su nombre, estaban unidas al Hospital de Nuestra Señora de la Asunción (formado por la propia casa y la ermita de esta advocación, con puertas a la calle de la Virgen). Una cárcel se construyo en las casas de Ayuntamiento y otra se ubico en la casa vecina al Mesón del Presbítero Don Juan Alfonso del Val y Heredia.
Entre las construcciones villafranqueras (cheleras) del siglo XVIII despunta la Casa Tercia, perteneciente al Gran Prior de San Juan. En 1.752 tenía cinco graneros, patio, bodega y jaraíz. En ella se llevaron a cabo varias obras en las que intervinieron sucesivamente varios maestros: Juan Arenas (demolió el hastial que miraba al Sol Poniente), Alfonso de Vargas (construyo la habitación al Administrador Pedro Luis Lujan), etc. El 8 de abril de 1.805, el Arquitecto Juan de Villanueva señalaba que era imprescindible reparar sus tejados, sus armaduras y ejecutar una nueva portada.

Los edificios religiosos de Villafranca de la Orden de San Juan se construyeron equidistantes entre sí.

La Iglesia Parroquial de Nuestra Señora de la Asunción ha presentado dos tipos de planta. SU primera fábrica, del siglo XVI, respondía al modelo de cruz latina con crucero marcado, presbiterio circular (al exterior recto), sacristía y dos naves. De su antiguo esquema destaca: el Crucero con su Capilla Mayor cubierta de crucería gótica de última época, y sus brazos con bóvedas de media naranja; los robustos pilares circulares de alto basamento; las naves, de diferente anchura, cubiertas de madera ay separadas por dos columnas cilíndricas, rechonchas, de fuste liso y capitel octógono.

Para la Iglesia de Santa María de Villafranca, nombre que adopto al principio, trabajaron los maestros de obras: Andrés García Parra (en 1.715 reparo la sacristía), Juan de Arenas ( en 1.731 desenvolvió la nave pequeña), Manuel Pavón ( en 1.748 reparo la canal maestra del tejado de la sacristía y algunas quiebras en las naves). José Palacios, Maestro Mayor de Obras de la Dignidad Prioral, en 1.776, trabajo en el chapitel de la torre y proyecto la construcción del Retablo Mayor. A cada reforma de la Iglesia correspondía una renovación de ornamentos.

En 1.777 se pensó ampliar la Iglesia. Por ello, José Palacios calculo el costes que tendría si se hacía de nueva fábrica (200.000 reales) y el que tendría si solo se ampliase (230.000 reales). Sin embargo, hubo que esperar hasta el año 1.786 en Francisco Sostre realizo unos planos de sus cortes, revisados por Juan de Villanueva, para ejecutar las obras precisas para la seguridad y decencia de esta Iglesia. Francisco Sostre dirigió las nuevas obras del templo desde el día 10 de marzo de 1.787 hasta el 20 de agosto de 1.791. 

El edifico presento como novedades el añadido de la nave del Evangelio, el solado de piedra de sillería de losa en todo su interior, el volado con piedra de sillería de dos tonos, la desaparición del coro situado en la nave central trasladándose al Presbiterio, las cuatro hornacinas para altares en cuerpo de la Iglesia, etc.
Estas obras se continuaron y concluyeron con el Señor Infante Don Pedro, hijo de Don Gabriel.

Los reparos de la nueva fábrica de la Parroquial de Villafranca corrieron a cargo del Arquitecto Don Juan de Villanueva (1.801), del Aparejador Don Joaquín Francisco Pérez (1.808 y 1.817) y del Aparejador de las Reales Obras Juan Ruiz de la Sierra (1.818). De la obra de ensamblaje y talla de los retablos de una nueva Iglesia se encargo el tallista Don Manuel de Monjas, y de los adornos.

Por orden del Señor Don Jerónimo de Mendinueta, Curador y Secretario del Señor Infante Gran Prior de San Juan, Doña Mónica Sánchez Hurtado doró y pintó el Altar Mayor y demás altares. La obra pictórica se encomendó a Don Antonio Martínez Mazarambroz (cuadro de Nuestra Señora de la Asunción y el de Nuestra Señora del Rosario) y a José Beratón (Nuestra Señora de la Concepción, San Francisco de Asís y el Santo Ángel de la Guarda).
De todo esto se deduce como las grandes reformas acaecidas en la Parroquia de Villafranca en los siglos XVI, XVII, XVIII y XIX le quitaron su antiguo carácter, acentuándose con la invasión realizada durante la guerra civil, y con su consiguiente a reparos. La actual Iglesia sigue manifestando ese eclecticismo, resaltado con el transcurso de los años.

Las Ermitas de Villafranca de los Caballeros casi no han perdido el sello que las caracterizo. La ermita del Stmo. Cristo de Santa Ana es la que mejor se ha conservado quizás a causa de la veneración que todos los vecinos de este pueblo sienten por nuestro patrón así como por la casa que lo alberga.

El Convento de la Santísima Trinidad, levantado en Villafranca a principio del siglo XVII, tuvo muy poca trascendencia en el panorama histórico de esta población.

Por último, hablamos del Cementerio, primero enclavado en la Iglesia Parroquial en cuyo interior se distinguían varios lugares de enterramiento; a continuación, se eligió la Ermita del Cristo de Santa Ana como Iglesia Cementerial por estar extramuros del pueblo (hoy hay una residencia de ancianos), en cuyo lugar permaneció el Campo Santo hasta la segunda mitad del siglo XIX en que fue construido, contiguo a la segunda ermita de San Juan, el actual cementerio.

Por lo tanto se puede concluir diciendo como Villafranca de los Caballeros es un ejemplo evidente de síntesis histórica, pues en él se aglutinaron, a nivel local, las culturas más preponderantes desarrolladas en la península Ibérica.


LOS PRIMEROS POBLADORES

Villafranca de los Caballeros está situada en el SE de la provincia de Toledo, limitando con la provincia de Ciudad Real.

Desde un principio habría que hablar de las condiciones del terreno llano y laborable, así como la acción repobladora que a este pueblo llego de la mano de la Orden de San Juan. Con ella, el núcleo de la población, empezó a definirse y tomar su estilo propio.

Pero sería un factor geográfico el que modelase definitivamente la formación de su casco urbano, el Río Amarguillo. Este llegaría a convertirse, al mismo tiempo, en beneficio y en perjuicio del lugar, pues de él dependía el sustento de muchas familias y por él , llegó la ruina de otras tantas.

La localidad debió al Río Amarguillo la configuración de sus principales calles durante el siglo XVIII. Destaca la calle del Riato, por ser el antiguo cauce del mencionado río. A ella desemboca el resto de la red viaria, extendida por sus dos riberas.
En cuanto a las plazas, surgidas en este núcleo de población, se puede apreciar como todas se caracterizan por su mayor o menor irregularidad, más acusada cuanto más antigua es.


POBLACIÓN

El papel poblador que desempeñaron los árabes en esta tierra fue mínimo si lo comparamos con el que los cristianos ejecutaron a través de los siglos.

Se ignora el preciso momento en que se realizo su repoblación, pero hay una serie de testimonios que nos hacen aproximarnos más a su fecha.
Jiménez de Gregorio piensa que Villafranca ya estaría poblada a comienzos del siglo XIII, por deducción del resto de las villas vecinas, (según sus Cartas-Puebla la mayoría lo hicieron en este siglo). Pero en el caso de Villafranca no se puede asegurar, de forma precisa, cuando se pobló, por no haber sido encontrada, hasta el presente, su carta de población.
En las Relaciones de Felipe II se advierte su retraso en materia de población, respecto a las otras villas. La contestación que Villafranca da a esta relación el 30 de noviembre de 1.575, señala como al principio de poblarse fue declarada franca por seis años (particularidad que la distinguiría de las demás aldeas). Continua la explicación diciendo como hacia 231 años que se había poblado por medio de la licencia que Juan Perez-Prior de León, de la Orden del Hospital de San Juan- dio en Cedillo el 29 de mayo de 1.344.

No es comprensible la tardanza que este pueblo presento a la hora de repoblarse. A pesar de todo, y aunque no aparezca su Carta-Puebla, estos datos serian suficientes para hacernos pensar que si la licencia se otorgo en mayo de 1.344, en este mismo año, o a lo mas tardar, en el siguiente, comenzaría su acción repobladora.
Los campesinos, aprovechando las franquicias que se donaban, presumiblemente serian sus primeros colonos.
Villafranca, por pertenecer al Campo de San Juan – comarca poblada por la Orden Militar de San Juan de Jerusalén – siguió la misma dirección que la mayoría de los pueblos integrados en esta Orden.
El hijo de Cristóbal Colon, Fernando, en “Descripción y Cosmografía de España” de 1.517, atestiguo que en estos años el Campo de San Juan se encontraba bastante poblado. El mayor incremento anual se dio en la primera mitad del siglo XVI, aunque no creciera tanto como las condiciones naturales hacían esperar.

Villafranca contaba en 1.515 con 200 vecinos, y en 1.555 con 468. Este gran incremento de población respondía su situación privilegiada y a que las tierras eran excelentes para la producción cerealista.
Según el Privilegio de Villazgo concedido en el años 1.557, se contabilizaron 377 vecinos poco más o menos. Se observa, claramente, la gran reducción del número de vecinos en el escaso plazo de dos años, debido probablemente a las bajas de hombres ocurridas en la guerra, o la mortalidad, a pesar de la opinión de Vicente Pérez Moreda de que en el sur de Toledo nunca se produjo sobremortalidad. Sin embargo, rápidamente rebasaría esta cifra, para alcanzar en 1.575 los 500 vecinos., según nos afirman las Relaciones de los Pueblos de España ordenadas por Felipe II.
El momento en que el Priorato de San Juan tuvo más habitantes, se sitúa en la última década del siglo XVI, una vez recuperaos de la crisis que afecto a los años comprendidos entre 1.579 y 1.585. En 1.584 debido a la carestía, se produjo una gran migración en La Mancha, pasando muchos de sus pobladores a Toledo.

Esta crisis tuvo una fuerte incidencia en Villafranca, pues de 500 vecinos existentes en 1.575, se paso a 350 en 1.586. Pero con la llegada de la década de los 90, se recupero dando un total de 460 vecinos.
En el siglo XVI, Villafranca, junto a la Villa de Herencia, fueron las que experimentaron un crecimiento mayor, frente a la disminución global sufrida en el Campo de la Mancha. Esta disminución seria de un 20%.
Este pueblo, entre los años 1.591 a 1.693, noto una subida del 28,69% de habitantes, mientras que Herencia se alzaba a la cabeza con un incremento de 57.31% de habitantes. El caso concreto de estas dos villas –separadas una de otra por 5 km- es muy singular. Ello hace pensar que reunirían una serie de condiciones especiales que hiciesen este crecimiento así de espectacular.
La media de habitantes por vecino oscilaría entre tres y cuatro.

El año que presento mayor número de habitantes, en esta centuria, fue 1.690 con un total de 2.22 almas.
La línea de población marcada en el siglo XVIII, fue más o menos, una prolongación de la del siglo XVII. En este tiempo, el número de habitantes giraría en torno a los 2.000, a pesar de la epidemia de 1.789.
Las tres primeras décadas del siglo XIX mantuvieron la población del siglo anterior, que había registrado un ligero aumento a finales del siglo XVIII. En los años centrales de aquel siglo se experimento una sorprendente bajada, quizás debida a las sucesivas guerras ocurridas en la España ochocentista. Sin embargo, como de sobra conocido, a toda

depresión sigue una gran alza. Así ocurriría en el último cuarto del siglo XIX en Villafranca, momento en el que sus habitantes rondaron los 3.000.
El camino ascendente – iniciado a finales de este siglo-, sigue el mismo curso en el siglo XX.
A principios de este, había un total de 5.700 habitantes. La mayoría de ellos Vivian en las
1.500 casas que componían el núcleo de población, y una minoría ocupaba las setenta casas dispersas por el campo.
El año 1.970 censo 5.427 habitantes. Este pequeño desnivel en cómputo de la población se debería – como en la mayor parte de los pueblos españoles en esta época- al acuciante problema de la emigración. Actualmente en el 2.004 habrá sobre los 5.349 habitantes.


FORMACIÓN DEL CASCO URBANO

Anterior al año 1.183.

Al remontarnos al urbanismo existente anterior a este año, fecha en que el Rey Alfonso VIII concedía el Castillo de Consuegra a la Orden Militar de San Juan de Jerusalén, es obligado citar los distintos núcleos de población que se fueron asentando en el termino de Villafranca de los Caballeros. Sabemos cómo los antiguos pobladores de España ocupaban sucesivamente los sitios más estratégicos que podían encontrar. En el caso concreto de los Íberos se piensa que llegaron a esta zona para unirse con los Celtas en el lugar conocido con el nombre de Los Marotos o Casas de Juan de Arias. Este paraje estaba ubicado en el Cerro de Mingo Menor. Esta primitiva población, ibérica o celtica, también pudo vivir en los silos excavados en sus cercanías, como ocurrió en el término de Villacañas. En los años 1.975 y 1.976 se llevaron a cabo, en este término, dos campañas de excavaciones en el Cerro Tirez, por un grupo de alumnos de la Universidad Autónoma de Madrid, del Departamento de Prehistoria y Arqueología. En ellas se estudio un recinto amurallado, su estratigrafía, así como los materiales obtenidos, cerámicas a torno, puntas de flecha de hierro, etc.

Lo que es sobradamente cierto es que el pueblo ibero estuvo asentado en la zona conocida por todos como Palomar de Pintado, según vestigios hallados – un poblado y una necrópolis- en la propiedad de D. Andrés Galán Muñoz. La excavación del poblado al que pertenece la necrópolis, ubicado a escasos 600 m de la misma, es un trabajo pendiente que se realizara a largo plazo. Dos campañas de excavaciones se efectuaron en 1.986 y 1.988, en la necrópolis, por Gonzalo Ruiz Zapatero y Jesús Carrobles Santos. De sus publicaciones se derivan las siguientes conclusiones:
Esta necrópolis pertenece a la cultura denominada ibero-carpetana en su proceso de formación. Aunque fue imposible llegar al nivel fundacional, hallazgos aislados indican una cronología aproximada de los siglos VII-VI a. C. No obstante el principal desarrollo tuvo lugar en la primera mitad del siglo IV a. C. Es la primera vez que aparece una necrópolis tumular ibérica en un área interior de la Meseta Sur, que abre nuevas perspectivas sobre los fuertes influjos iberizadores originarios del S.E peninsular.

El yacimiento se encuentra en una zona de cultivo sobre una pequeña elevación que muy bien pudiera estar delimitando la extensión de la necrópolis. Entre las estructuras de enterramiento documentadas se pueden citar: túmulos de piedra, túmulo de adobe de muro perimetral, túmulo sobre anillo de cenizas, tumbas de anillo de cenizas simple, tumbas de adobe y superficie escalonada, tumbas de hoyo simple y revestimiento de yeso, tumba de hoyo con revoco de yeso y hornacinas, tumba de hoyo simple, fosas sin enterramiento y una fosa de inhumación. Los distintos túmulos de piedra, tanto por su ajuar como por su posición respecto al resto de los conjuntos hallados, parecen pertenecer a momentos tardíos en los siglos II-II a. C.

En cuanto a los ajuares encontrados hay que nombrar los tipos y piezas más representativas: la cerámica es el material más característico. Destacan unas piezas cerámicas de importación, bien extra peninsulares caso de los kantharos áticos de barniz negro, bien de origen hispano como las cerámicas grises o las de barniz rojo. Junto a estas, el mayor número de piezas realizadas a tono de presumible origen local, pueden subdividirse en dos grupos. El primero lo forman las urnas y vasos de ajuar realizados a fuego oxidante y decoración pintada geométricamente ibéricas. El segundo serian los vasitos de ajuar realizados a torno y forma caliciforme. Otro gran grupo es el efectuado a mano, de pequeño tamaño.

Otras cerámicas n muy numerosas son las variadas fusayolas. Debido a las condiciones de humedad del yacimiento por su proximidad al Río Amarguillo, la conservación de los elementos en metal es bastante mala. En la mayor parte de los enterramientos están presentes fíbulas anulares en bronce, así como anillos, aros, pinzas, etc; en hierro, cuchillos afalcatados con funda metálica, aros y otras piezas; y en plomo un pequeño “simpulum”.
Además de los ajuares cerámicos y metálicos se han localizado otros materiales como cuentas de collar en pasta vítrea de diferentes tamaños y colores, hueso trabajado, concha, restos de posibles adornos.
Sobre estos enterramientos se han localizado otros que por su superficialidad están en la gran parte arrasados y que por algunos hallazgos de superficie, por ejemplo un fragmento de lapida en mármol con dos letras, perteneciente ya a la época romana, supondría el momento final de aprovechamiento de esta necrópolis.

En el yacimiento de Palomar de Pintado, de original vida espiritual y social, existen una serie de elementos diferenciadores frente a la cultura ibérica: amplia variabilidad en las estructuras funerarias; fenómeno en parte autóctono: estructuras de adobe con posterior desarrollo en piedra; piezas cerámicas a mano con decoraciones impresas o pintadas; ritos poco característicos del mundo ibérico como es la inhumación; ausencia de armamento; ausencia de cubrición de la urna y de restos del difunto; ausencia de broches de cinturón de bronce, tan característicos en la cultura ibérica.

Seguidamente, los romanos ocuparon una zona igualmente fértil, aunque menos estratégica, situada también en la ribera del Río Amarguillo. Llegaron a formar una aldea donde las casas estaban mas o menos diseminadas. Como restos que verifiquen el paso de este pueblo por Villafranca hay que citar unas monedas del siglo I y de finales del siglo II, correspondientes a un AS y un Dupondio respectivamente. Queda como residuo romano un pozo construido cerca de una posible vía romana que comunicaba Puebla con Madridejos (ahora es el Camino de los Moledores). A pesar de que esta hipótesis no es del todo cierta, si se recorre este sitio, se llegan a observar grandes planchas de piedra orilladas en el camino dando la sensación de haber sido levantadas o desprendidas. Estos núcleos de población sentaron la base de los pueblos venideros. Así ocurrió en siglo VIII, en el momento en que los árabes hicieron su aparición en estas tierras, entonces propiedad del célebre Conde Don Julián “señor de todos los terrenos regados por el río Amarguillo, desde su nacimiento en la Sierra Calderina”. Con la invasión musulmana, la mayor parte de las aldeas quedaron en pie, pero sufrirían grandes transformaciones. Se encontraron dos urbanizaciones opuestas, la romana y la árabe. El “casco urbano” con los árabes era siempre reducido y poco importante. En nuestra aldea convivían cristianos y moros en la conocida Cruz de Lozano y Mesón Viejo. Estos lugares estaban cercanos a la ribera del Río Amarguillo, donde los conquistadores establecieron hábilmente acequias para fecundar sus campos. Hasta hoy día, esta tierra se cultivaba gracias a los innumerables pozos de norias que poblaban las inmediaciones de esta antigua alquería.

Posterior al año 1.183

A medida que se retiraba la línea de los almorávides, Alfonso VII fue confiando a caballeros y obispos, tanto castellanos, como mozárabes y francos, numerosos términos. Su majestad por su cedula de 20 de septiembre de 1.557, mando al Concejo de Villafranca que acudiese a Hernando López del Campo para hacerle depositario de dicha suma. Juan López Ajenjo logro el consentimiento del Prior de San Juan, Don Fray Diego de Toledo, para que Villafranca fuese apartada de la jurisdicción de Consuegra. Además consiguió que el dicho Prior – en nombre del Concejo de Villafranca- redactase una carta dirigida a S.M. en la que exponía la situación de este pueblo: extensión del término, condiciones sobre el aprovechamiento de términos y lugares, vejaciones y molestias que recibían sus vecinos por parte de los regidores, emplazadores y ejecutores de Consuegra, etc.…Terminaba su relato suplicando a S.M. concediese carta de privilegio de villazgo a Villafranca para que usase de jurisdicción entera civil y criminal en su término y diezmeria. Esta carta fue hecha y otorgada en Zamora el 13 de octubre de .1557.
Juan López Ajenjo y Pedro Rodríguez, alcaldes y regidores de Villafranca, presentaron esta suplica del Prior de San Juan en el Consejo de Hacienda.

La carta de privilegio y exención de Villafranca fue otorgada en Valladolid el 10 de diciembre de 1.557, firmada por la Serenísima Princesa de Portugal doña Juana de Austria, hermana de Felipe II, sellada con el sello de plomo del Rey. Por ella, Felipe II eximia y apartaba a Villafranca de la jurisdicción de Consuegra y de los alcaldes ordinarios y otras justicias de ella, y la hacía “villa” de la forma siguiente: “. y vos ha villa para que en ella y en los dichos vuestros términos y diezmeria como ahora están conocidos, y divididos y amojonados se use y execra la nuestra jurisdicción civil e criminal según y cómo se usa en la dicha villa de consuegra y entre los vecinos y moradores estantes y habitantes en ella y queremos que en ese dicho lugar haya horca y picota cuchillo carce y cepo y todas las otras insignias de jurisdicción que las ciudades y villas por sí y sobre si de estos mis reinos que son libres y exentos de otra jurisdicción y usan…”.

Este privilegio les permitía nombrar cada año los alcaldes regidores y otros oficiales dándoles poder y facultad para llevar vara y conocer todos los pleitos causas civiles y criminales de cualquier calidad y cantidad. El Rey les dio poder para que pudieran escribir “villa” y para que gozasen y fueran guardadas perpetuamente todas las honras, gracias, mercedes, libertades, exenciones, preeminencias y prerrogativas, así como todas las cosas que guardaba la villa de Consuegra. El privilegio se concluye con una serie de advertencias por parte de Su Majestad hacia los vecinos de los otros lugares del Priorato.

La denominación de “franca” se define en las Relaciones de Felipe II: “Llamase Villafranca porque al principio de poblarse fue declarada “franca” por 6 años.”(30 de octubre de 1.575). Esta medida tomada por quien llevase a cabo su repoblación – el Gran Prior era don Fernando de Toledo- tendría como fin sacar el mayor beneficio posible de esta empresa, por medio de campesinos de mano de obra fácil y barata.
“De los Caballeros” se uniría a la anterior nominación de Villafranca a causa de un hecho ocurrido durante la Edad Media. Sucedía que todos los años se reunían en este lugar, el día de San Martín, los diputados de las villas y aldeas sanjuanistas para tratar del aprovechamiento de los pastos comunes del Gran Priorato. En dicha junta contestaban cuando se les decía:”…hable ahora el caballero de tal población.” De ahí que este sobrenombre se diera a Villafranca, por albergar, aunque solo fuera un día, a los asistentes que eran considerados caballeros.

A lo largo de los siglos, el casco urbano de esta villa fue arrasado debido a actuación de su máximo moderador y protagonista: el Río Amarguillo. Este río, con sus inevitables crecidas, inundo la población en numerosas ocasiones, sobre todo las causadas durante el siglo XVIII. Para dominar dicho elemento devastador, se tomaron varias medidas que no siempre dieron la seguridad deseada. En el año 1.604 se escribieron unos autos sobre la necesidad que había de encauzar los dos iros que pasan por el término de Villafranca llamados Amarguillo y Riansares por los daños ocurridos tras avenidas en la población, tierras, huertas y viñas. El arreglo de las madres de los ríos costaría 2.000 ducados. Este mismo año derribo unas 100 casas y destruyo más de legua y media de tierra, con unas pérdidas de 24.000 ducados.

En la antigüedad el río Amarguillo, corría a lo largo de la que después se llamaría “calle del Riato”, de ahí que dividiese a la población en dos partes. Sus avenidas llegaron a inundar de tal modo sus calles que los vecino en 1.788, por orden del Infante Don Gabriel – hijo de Carlos III Y Gran Prior de la Orden de San Juan en esos años- abrieron el actual cauce. Para ello “construyeron un fuerte malecón a distancia de un cuarto de legua – del pueblo-, que llamaron Atajadero, con cuya obra forzaron las aguas a tomar la nueva dirección”.

Después de la tempestad de los días 3, 4, y 5 de agosto de 1.791, se termino de encauzar el Río Amarguillo.

En el mismo año se construyo el Puente del Camino Real que a Herencia bajo el Plan de Francisco Sostre, Aparejador del Gran Priorato. Sostre lo regulo en 9.357 reales, pero al final se remato en 7.400 reales. Los 1.957 restantes se destinaron para la calzada y terraplén del puente de madera que se había construido en el Rio Valdespino (prolongación del Amarguillo). Matías y Emeterio del Pozo, hermanos de Villacañas y maestros de Arquitectura, construyeron el puente bajo la supervisión de Sostre. Para la construcción del Puente Camino de Herencia se debieron observar ciertas condicione sujetas al Plan alzado. En 1.788 el encauce y limpieza del rio tuvo un coste de 50.000reales, excluyendo los dos puentes.

El 2 de septiembre de 1.799, debido a una espectacular avenida, las aguas destruyeron el Atajadero(malecón), y tomaron su antiguo cauce inundando la población en su totalidad. Esta misma catástrofe dejo inutilizados multitud de papeles de los Archivos de la Iglesia Parroquial, del Ayuntamiento y de las Escribanías de la villa.

En nivel del pueblo era más bajo que el riato y Camino de Alcázar, de ahí que se inundaran tan fácilmente sus calles.

Francisco Sostre, en una relación que dio en Herencia el 24 de enero de 1.800, propuso abrir un caz del malecón o Atajadero, al Puente del Camino de Herencia, y otro, por la calle del Riato y Camino Alcázar para el desagüe de las lluvias, cuyo coste alcanzaría 204.500 reales vellón. Y se construiría un nuevo puente Camino del Monte por 12.000 reales, cantidad que iría incluida en el presupuesto anterior.

Para cubrir el casco del pueblo, Sostre ideo un plan mediante el cual se levantaría un espaldón de tierra desde los caminos Alto y Bajo de Camuñas hasta la Zanja. La pared del espadón debía tener 18 pies de base inferior, 6 pies de base superior y 5 pies de altura, teniendo 3.900 pies lineales. El total de este proyecto costaría 34.650 reales vellón- recordemos que el Real de vellón es un Real de treinta y cuatro maravedíes, equivalente a veinticinco céntimos de peseta.

En junio de 1.800, Sostre en compañía del prior y del Ayuntamiento de Villafranca, pidieron a su Alteza los auxiliase con 22.650 reales vellón que les faltaba hasta completar la cantidad total. El 14 de septiembre de 1.801 se registro una inundación mayor que la causada en 1.799, en la que fue arrasado el nuevo espaldón. Por ese motivo, el 25 de noviembre de aquel año, el arquitecto real Juan de Villanueva pasó a Villafranca para ver, sobre el terreno, el plano presentado por Francisco Sostre. Bernardo Rodríguez Maroto hizo la prevención de camas y víveres para su estancia, pero el prestigioso arquitecto “solo tomo una taza de sopa y descanso dos horas”.

Juan de Villanueva, el más importante arquitecto español de las últimas décadas del siglo XVIII, reconoció la vega del Río Amarguillo que extendía desde más arriba del Atajadero hasta la parte de abajo y Puente del Camino de Herencia. En su informe, del 24 de enero de 1.802, el mismo decía como: “…la situación y plantación de aquel pueblo es muy expuesta y difícil de precaver de los daños que sufre y padece en los aguaceros y crecientes del río, pues la mayor parte de ella se halla plantada en lo más bajo de la Vega…”. Más adelante, comentaba: “…Y comenzando a tomar altura la ladera desde la dicha ermita de San Antonio- y camino alto de Camuñas, se evidencia patentemente que entre este último punto y el primero de la ermita de San Blas se halla la parte más inferior de la Vega y mayor numero de las casas del pueblo, descubiertas y expuestas a crecientes y avenidas posteriores.”.

El nuevo plan propuesto por Sostre consistía en construir un dique que bordease el pueblo por su parte baja, desde la ermita de San Blas hasta la Zanja antigua. El malecón se levantaría bien macizo de tierras, escarpado y encespedado con rampa para ascenso y descenso. El Atajadero se repararía desde el Puente de Herencia, siguiendo la orilla del río, en una línea de 1.800 varas con el propósito de defender las huertas. La condición indispensable en la construcción de estos malecones era que la plata baja tuviera tres veces su altura.

El primer malecón tuvo un coste de 75.113 reales vellón y 25 maravedíes, mientras que el segundo fue 80.000 reales.


LAS COMUNICACIONES

En el siglo XV las villas de Alcázar y Villafranca sostuvieron varios pleitos por hacer amojonamiento entre los términos de las Casas Donadio de Juan de Arias y el término de Villafranca. Las citadas casas eran entonces de Cristóbal Díaz de los Marotos y hermanos, quienes no aceptaron la repartición hecha por Gil Pérez.

En el Privilegio de Villazgo de Villafranca, otorgado en 1.557, se habla de la extensión de su término: 2 leguas de ancho, y 2 y media de largo.( 1 legua equivale a 5.572 metros y 7 decímetros).
En el siglo XVI se hizo el apeo del sitio del Velador y en el siglo XVII se volvía a hacer, localizándose en la zona suroeste del pueblo, del Camino del Monte al Camino de Madridejos.

La jurisdicción y término de Villafranca de los Caballeros, en el siglo XVIII era de dos leguas, por cualquier sitio que se mirase.

Este término limita al norte con el de Villacañas- a 4 leguas de Villafranca-, al este con el de Alcázar de San Juan- a 2 leguas de Villafranca- y Quero- también a dos leguas-, al sur con el termino de Herencia- a 1 legua de Villafranca-, y al oeste con el de Madridejos y el de Camuñas.

En el siglo XIX, el término de nuestra villa quedo reducido a media legua o a una. Según Moreno Nieto, la extensión de este término en 1.974 era 106 km cuadrados.

En carreteras, hay de distinguir: una carretera comarcal que va a Toledo a Albacete y que pasa por el Riato, y dos carreteras locales, una de Villafranca de los Caballeros a Miguel Esteban y otra de Villafranca a Villacañas.
Dentro del término de Villafranca lo que más predomina son los camino, sobre todo los secundarios. Solo existe un camino principal y el Camino Vecinal de Villafranca a Herencia- hoy convertido en carretera local-. Entre los caminos secundarios cabe señalar: Camino de Tembleque llamado en el siglo XVIII Camino de San Cristóbal- por conducirnos a esa ermita-, Camino de Madridejos, Camino de Madrid, Camino de Las Lagunas, Camino de Los Marotos, Camino del Salobral, Camino de los Silos, etc.

Los carriles, por lo general, son anchos y polvorientos. De entre ellos, hay que destacar como más significativos: Carril de la Cañada de González, Carril del Navajo, Carril de Valdemaria, etc,. Estos carriles solían tener sus pozos en sus bordes.( Hoy día están arreglados y por donde los tractores y remolques transitan de maravilla).

De las cañadas, la más conocida y seguro la más primitiva, es la Cañada de la Casa de las Dueñas del Torrejón, antigua vía pastoril para los ganados trashumantes.
La toponimia confirma el relieve suave, de cañadas, de carriles, de lagunas, de llanuras, etc. Ejemplos evidentes serian: Arroyo de la Cañada, Carril de la Cañada, Camino de las Lagunas, Carril de los Llanos, Camino de los Hoyos, etc.


 

LAS CALLES

En el momento de explicar el hecho que da origen a la calle, se presentan numerosas opiniones, en la mayoría de los casos simples divagaciones y propias conjeturas. Puede que las primeras aglomeraciones respondieran a una regla fija, pero más probable es que las casas se levantaran unas al lado de las otras por puro azar. El alineamiento y paralelismo, adaptado al terreno, son las reglas más simples que podemos encontrar. Los iberos construían sus habitaciones separadas, a veces, por una avenida larga y angosta. En sus poblados se reconocía una avenida principal a la que desembocaban unas vías aun más estrechas. Cuando los romanos se asentaron en la ribera del Río Amarguillo, es posible que formaran un caserío donde sus casas más o menos diseminadas, se erigían dando lugar a una sola calle. Y puede que el nombre de esta calle respondiera a una profesión, como nota típica del pueblo romano. La calle, para el hombre árabe, servía únicamente como lugar de paso o como simple pasillo, ”destinado a facilitar la entrada y salida de las pequeñas puertas de las casas, constantemente cerradas”.

Si el núcleo de población árabe estuvo situado en lo que hoy llamamos Cruz de Lozano podemos observar como las calles de sus inmediaciones se dispusieron radialmente, yendo a desembocar a la plaza.
Los cristianos, en este sentido, fueron poco creadores puesto que se limitaron a instalarse en las mismas casas que los árabes construyeron, sin preocuparse de cambiarlas, y como consecuencia, tampoco se ocuparon de modificar sus calles.

La configuración de la red viaria de Villafranca de los Caballeros quedo establecida en el siglo XVIII.
Ya se vio, el papel sobresaliente de que tuvo el Río Amarguillo en este pueblo, y sobre todo en la modelación de la que sería su calle principal, El Riato. Hasta el siglo XVIII este río corría por el centro del poblado, destrozando todo con fuertes riadas. También observamos cómo sus calles estaban a un nivel más bajo que el cauce del río, de ahí las constantes inundaciones de sus dos riberas.
Por estas razones, en el año 1.784, se formo, con toda prevención, la calle del Riato para libertar los edificios de las avenidas. Al mismo tiempo se hizo de 25 pasos de ancho. Cruza la villa de este a oeste. En este año, 1.784, el empiedro que se puso de guijarro se hallaba oculto por el légamo e inmundicias que dejaba la corriente. Esta falta de limpieza era la causa de que las aguas entraran en las casas y en las cuevas produciendo imprevisibles daños. En invierno, esta calle, se veía atrancada debido a esta suciedad, viciando el aire con hediondos vapores. En 1.788, se abrió el actual cauce del Río Amarguillo.

La calle del Riato fue la que marco la organización del resto de las vías. De un lado y de otro se iban formando calles que desembocaban en la que sería su columna vertebral. A si que el núcleo de población quedo divido en dos partes.

Según el censo de 1.749, el que se matricularon todas las personas de confesión y comunión mayores de 7 años, el pueblo contaba con 18 calles. La calle mas habitada – teniendo en cuenta la modalidad del censo- es La Empedrada con 56 familias, siguiéndole la calle de San Juan con 51 familias.

El 28 de marzo de 1.788, el Administrados de Tercias de Villafranca, Don Francisco Lujan, expuso su deseo de empedrar las calles- la del Riato ya se había empedrado en 1.784-, para limpiar el pueblo de pantanos y barros que lo hacían incomodo. El Caudal de Propios pagaría el arreglo. Para llevar a cabo la empresa, de empiedro de calles, se requirió al Administrador de Tercias de Villafranca para que aprontase piedra de las que le pertenecían a Su Alteza.. “Después de la inundación del 2 de septiembre de 1.799, la calle del Riato, que es la principal, se inundo con 11 pies”.

A principios de siglo XIX había unas veinte calles. De ellas, la más poblada era la del Cristo con 80 familias, y la del Riato con 60 familias.
En 1.850 se decía que “…las calles son rectas y bien empedrada y todas con declive a la del Riato”.

Consta como el número de calles iba aumentando, paulatinamente, con los años. En 1.876 existían 24 calles, aproximadamente, siendo la más poblada la del Toledillo con 95 familias.

Las calles que no terminaban en el Riato, lo hacían en otra calle importante, o bien tenían salida a alguna de las plazas de la villa.
Unido a la calle aparece su nombre. Para el mejor funcionamiento de los pueblos, se hizo indispensable señalar sus calles. En un principio, se tomo por costumbre distinguirlas por algo que las diferenciase entre sí. Se podía atender a varias razones, por ejemplo, la calle del Tesorero. Otras veces se buscaba una edificación distinguida, como la de la calle Tercia. E incluso, podía indicarnos su antiguo origen, como la popular calle del Riato. El 24 de febrero de 1.860, por una real orden, se estableció la rotulación de las calles y una metodiza numeración de casas.


LAS PLAZAS

Con la llegada de los cristianos- la Orden de San Juan en Villafranca- sete núcleo de población se desarrollo de tal forma que en el siglo XVI recibirá el titulo de villa. El origen de la plaza en una villa se puede interpretar como un gran descampado central en torno al cual surgieron las hileras de viviendas que comenzaron a configurar el espacio urbano en estos parajes de la villa.

Han aparecido algunos documentos que hacen referencia a determinadas zonas de Villafranca, a las que llamaban públicas. Estos recintos eran usados, entre otras cosas, para informar o comunicar a sus moradores todo tipo de sucesos, ya fueran escritos o verbales. En el Privilegio de Villazgo concedido a Villafranca en 1.557, decía el Rey….”mandamos que esta nuestra carta de merced sea pregonada públicamente por privilegio y ante escribano publico por las plazas públicas de esa dicha villa de villa franca y de las otras villas y lugares que necesita ser y mandamos que tome la orden de ella…”. Prueba de ello, también es lo siguiente “…En 1.687, en zona publica se anunciaba la lista de las personas que iban a contraer matrimonio”. En testimonios del siglo XVIII se cita: “Se fijan edictos en los parajes públicos de esa dicha villa señalando día en que deban concurrir las personas que quisieren hacer postura al nuevo arriendo…” Los lugares públicos a que se referían serian sin duda las plazas.

En el estudio de las plazas de Villafranca de los Caballeros se encuentra gran variedad, no solo si atendemos a forma o al emplazamiento, sino además por su dimensión, función o arquitecturas.
PLAZA DE LA CRUZ DE LOZANO: Con los árabes, se tiene la seguridad de que existió este espacio popular. La plaza, que responde al nombre de Cruz de Lozano, es probable que se hiciera en el centro de la alquería para que la gente tuviera más facilidad de acceso. Las calles en entorno- radialmente dispuestas- finalizaban en ella. El calificativo de Cruz de Lozano se debe a que en época cristiana y en este mismo lugar, se levanto una ermita dedicada a la exaltación de la Cruz. Esta advocación tenía su fiesta en el mes de mayo. Lozano, podría ser, bien el dueño del solar donde se emplazo la ermita, o bien el que la mandase construir. El esquema de esta plaza es irregular. Primitivamente, sería una diminuta plazoleta surgida en los encuentros de varias calles.

PLAZA DEL AYUNTAMIENTO: Las casas de Ayuntamiento de esta localidad siempre han tenido su fachada al sur. En la antigüedad constaban de tres cuartos bajos, uno servía para Pesa Real y los otros dos para celebrar los Ayuntamientos y para custodiar papeles. También tenía una cámara en alto para guardar el grano del Posito. Un cuarto bajo se usaba de carnicería, con cámara en alto donde, igualmente, se ponía trigo del Pósito. En una de las puertas de estas Casas Capitulares se fijaban los edictos, tal como se verifica en el Catastro del Marqués de Ensenada, en 1.752. Aparte de las funciones descritas, esta plaza también se utilizaba para celebrar mercados. La forma de la plaza se va haciendo cada vez más regular. Recordemos la forma que presentaba la de la Cruz de Lozano, y comparémosla con esta, que ha quedado convertida, más o menos, en rectángulo. No cabe duda de que su situación es muy estratégica, a la vez que céntrica, pues se ideo justo al lado de la calle principal o Riato. Normalmente se la denomina “Glorieta” por ser una plazoleta ajardinada donde van a parar varias calles.

PLAZA DE POZO PALACIO: Por la tradición oral ha llegado hasta nosotros el proceso de transformación de su antiguo solar en plaza. El terreno que ahora ocupa fue, en otro tiempo, una huerta. En esta – como en todas las huertas- había un pozo, cuyo dueño es posible que se apellidase Palacio, de donde es factible que dicho lugar tomase su nombre. Cerca de la primitiva huerta, se erigió la Iglesia, medieval, que sería la arquitectura más notable de cuantas existieron a su alrededor, y la que preside esta plaza.
Este paraje siempre tuvo un nivel más bajo que el resto del terreno, por lo que se hizo necesario nivelarlo.
El Pozo Palacio antes de responder a funciona de plaza, era conocido como calle. Seria en la segunda mitad del siglo XVIII cuando adquiriese el concepto de plaza. En ella tendrían lugar todo tipo de acontecimientos, como espacio carente de obstáculos. Su superficie siempre ha aparecido arbolada, por este motivo era el lugar de paseo por excelencia.

LA CALLE EMPEDRADA, (hoy calle CERVANTES)- cortaba a esta plaza por la mitad. Al final de esta calle y dentro de la Plaza, estaba la báscula de la villa. Posteriormente fue trasladada a una explanada anexa a la plaza de la Cruz de Lozano, e incluida en la calle Sanjurjo (hoy Zanja).
El atrio hay que citarlo como parte integrante del Pozo Palacio, por ser una prolongación del mismo. Además de poseer esta faceta profana, también reúne la religiosa si atendemos a su natural relación con la Iglesia. Generalmente, este fue el lugar apropiado para reuniones y resoluciones de los vecinos, quienes aprovechando la concurrencia a los actos religiosos tomaban deliberaciones a la puerta del templo. Si consideramos el aspecto formal de esta plaza, vemos que se quiere aproximar a una figura triangular. En cuanto a su dimensión, se convierte en la plaza de mayor extensión de Villafranca.

En la primera mitad del siglo XIX, habitaban el Pozo Palacio cerca de 30 familias. En el Censo Decimal del año 1.819 se señalaron 28 familias. Luego parece seguro que sería una de las zonas más concurridas de la localidad.
En 1.934 se pensó construir en esta plaza, un Grupo Escolar, el pueblo indignado, protesto de tal forma, que al final lograron conservarla con la misma fisonomía.

PLAZUELA DE LA CARNICERIA: El nombre lo tomo de la carnicería que figuraba en la misma plaza. En el año 1.579 ya existía dicha carnicería. Esta plazuela, después, paso a llamarse Plaza de la Independencia. Tres calles van a dar a ella. Su esquema es mas bien cuadrado. El emplazamiento de esta plaza era privilegiado, notoriedad otorgada por la Casa Tercia, construida muy cerca de aquella. La calle de la Tercia unía la Plaza del Pozo Palacio con la Plazuela de la Carnicería. También es muy seguro que se celebrasen mercados aquí, como ocurría hasta hace poco. Al ser una plaza mas bien reducida su población también es menor. Por los censados en 1.863 se sabe que habitaban este espacio 11 familias.

PLAZUELA DE TORIBIO: Corresponde a un lugar ensanchado de la carretera, formado, probablemente, por el Río Amarguillo a su paso por el Riato. Este pequeño ensanche pudo servir de plaza. Si se piensa en su origen, se puede incluir dentro de las barreras, en caso de ser un ensanche de calle. Su forma, aparentemente cuadrada, nos sitúa en una época más reciente. Con el tiempo dejos de ser considerada plazuela, pasando a formar parte de la calle de Cruz.
Las cinco plazas se establecieron en el centro del casco urbano, a manera de patios interiores de esta villa.


EL MALECÓN

CARTA QUE JUAN DE VILLANUEVA DIRIGIO AL ILMO. SOR. CONDE DE LA CIMERA,

EN MADRID A 24 DE ENERO DE 1.802. Leg. 279. Secretaria Don Gabriel. A.P.R.”

“Cumpliendo con lo que V.I. me ordenaba en su oficio de 11 de Noviembre próximo pasado, insertando la Real Orden del Excmo. Sor. Don Pedro de Cevallos de 31 del mes anterior, por la cual ha resuelto S.M. que el Sor. Infante Don Pedro, y el M. R. Arzobispo de Toledo, como únicos interesados en los Diezmos contribuyan a la ejecución del Dique, y demás obras proyectadas para contener las aguas del Rio Amarguillo, como causa principal de las inundaciones y desgracias que se han experimentado en la villa de Villafranca en el Gran Priorato de San Juan; he pasado a dicha villa, y con presencia de la Declaración y Plano presentado por el Aparejador del mismo Priorato Don Francisco Sostre, que se me ha entregado, he visto, reconocido y considerado escrupulosamente la situación de la referida villa, su Vega, curso o Madre que forma el Rio Amarguillo, desde mas arriba del que llaman Atajadero, hasta la parte de abajo y Puente del Camino de Herencia y remitiéndome a cuanto tengo expuesto en mis anteriores informes, con atención y presencia de la localidad, manifestaré a V.I., que la situación y plantación de aquel Pueblo es muy expuesta, y difícil de precaver de los daños que sufre y padece en los aguaceros y crecientes del Rio, pues la mayor parte de ella se halla plantada en lo mas bajo de la Vega y precisa corriente de las aguas, que separándose del Rio antes del Pueblo por la Veguilla del Ataxadero, fluyen tomando altura por el Camino de Camuñas á entrar en el Pueblo por la Ermita de San Antonio, y unirse con las que recogen y acumulan en los llanos y veguillas de la parte superior del Norte las que represadas y contenidas por el mismo Dique o Malecón antiguo, corriente del Rio y pequeña eminencia que media entre el Puente y Ermita de San Blas, tomando mayor altura que las del Rio ( si es cierto que éste no se excedió de la imposta) alagaron toda la Vega é inundaron las casas del pueblo, según y cómo se demuestra en las señales que dejó la víctima, aunque extraordinaria y prevenida de la tempestad y aguacero, á cuyo pronto aumento creo así mismo pudo contribuir la represa que se formo en Camuñas contra el Puente, sus calzadas o terraplenes próximos al mismo Pueblo, que supero y destruyó con iguales estragos de ruinas de casas, y arrollamiento de huertos y labranzas; pues siendo así que en el Puente del Camino de Herencia á Villafranca no excedió el agua, como queda dicho, de su imposta, habiéndose elevado solos doce pies o cuatro varas sobre el fondo de sus Madre, se observa y nota por las nivelaciones que se han corrido, que en la Ermita mas próxima de San Blas subió el agua sobre el terreno cuatro pies, y sobre el nivel de la imposta del Puente cinco; en el Humilladero sobre el terreno ocho pies, conservando el nivel de los seis pies sobre la imposta, y en la Ermita de San Antón sobre el terreno se elevaron seis pies y medio, con el mismo nivel de los seis pies sobre la imposta; y comenzando á tomar altura la ladera desde dicha Ermita y Camino alto de Camuñas, se evidencia patentemente que entre éste último punto, y el primero de la Ermita de San Blas, se halla la parte más inferior de la Vega, y mayor numero de las casas del Pueblo, descubiertas y expuestas á las crecientes y avenidas superiores que quedan indicadas, y formando corrientes por las calles, Camino del Puente de Herencia y Huertas mas abajo del Pueblo, en donde juntamente se experimentaron las mayores ruinas y desgracias que se quieren precaver; y aunque para su remedio se observa haberse construido en lo antiguo un competente Malecón o Dique de tierras que desde el Atajadero se prolonga por toda la orilla del Rio, dilatándose por mas abajo del Puente del Camino de Herencia, se nota y advierte así mismo que en la mayor parte se halla destruido y cortado por la ambición de los labradores de ganar tierra, y el poco o ningún cuidado que se ha tenido por los que debían celar y conservar dicha obra, y este descuido en la mayor parte ha sido la evidente causa de los daños, perjuicios y desgracias que ha experimentado y sufrido aquella Población, que no pueden negar sus vecinos y el querer remediar tan atendible daño con la nueva refabricación del Dique, no de peor coste, según se propuso primeramente, será repetir lo acontecido, dejando expuesto el Pueblo á que dentro de pocos años por su ambición y desidia padezca los mismo desgraciados acontecimientos. Esto no obstante ciñéndome tan solo á decir lo que entiendo ésta pudiera reducirse y minorarse , como últimamente conoció y propuso Sostre, dejando el Atajadero y toda la Orilla del Rio en el estado que hoy se halla cuidado de común acuerdo de precaverle á sus expensas, y atendiendo tan solo á defender la Población, con mucho menos coste y mas brevedad pudiera crearse un Dique o Malecón que circundase el Pueblo por su Orilla, desde el punto mas elevado de la Ermita de San Antón, y pasando por delante de ésta, del Humilladero, y la de San Blas, se dirigiese y dilatase por la Zanja antigua, y todo lo que fuese posible por mas abajo del Pueblo, la que teniendo en parte superior una vara mas de altura sobre las señales que dejó indicadas la avenida, continuará con la misma altura quasi á nivel. Este sería el único y mas seguro medio de precaver en todo tiempo la inundación del Pueblo, ruinas y desgracias que la acompañan, pues á querer dilatarse á defender las Huertas y labores próximas á la Población, sin perjuicio de lo dejó indicado por mas preciso y urgente, seria forzoso crear otro Malecón que desde el Puente de Herencia, subiendo por la orilla del Rio, reparase el antiguo por una línea de mil y ochocientas varas, desde cuyo punto inclinándose hacia el Norte debería criarse nueva otra línea de mil y doscientas varas por delante de las ultimas Norias, que cortase el Camino bajo de Camuñas, y concluyese próximamente en la mayor elevación del terreno, con la altura de una vara sobre los puntos que dejó indicados la avenida en el referido Camino bajo, y con cuatro varas en el punto donde forma el ángulo para separarse del Rio; observando por regla general en la anchura de estos Malecones, que su planta baja tenga siempre tres veces su altura, y si fuese posible convendría infinito que al Puente del Camino de Herencia se le aumentasen dos ojos mas, dando mayor cavidad á la Madre del Rio para que las aguas fluyesen con mas desahogo y no formasen represa; y como para la ejecución de estos Malecones á menos coste deberían tomarse á la parte superior las tierras en su proximidad de presiones de las Huertas y labranzas, por excavaciones de corta profundidad, y determinada anchura, de conformidad que sin dejar de se aprovechables proporcionasen al mismo tiempo un Vaden y fluencia competente á las aguas que represasen contuviesen los mismos Malecones, cuando los interesados propietarios, por el bien común, no se prestasen á conceder su excavación, debería obligárseles bajo el correspondiente abono del terreno que se ocupase o perjudique con dichos Malecones y excavaciones.

Esto es cuanto entiendo y puedo manifestar a V. I. En el particular, no hallando por conveniente ni con proporción para abrir la nueva Madre el terreno desde la letra A. Á la R. Que indicó y propuso por el Aparejador Don Francisco Sostre en su Informe; considerando que coste del primer Malecón vecino al Pueblo, que propongo por mas necesario, podrá ascender á unos cincuenta o sesenta mil reales, el segundo que defienda las Huertas y demás labores á unos ochenta mil; y el aumento de los dos ojos al Puente treinta mil, sin incluir los perjuicios y abonos del terreno que se ocupe con los Malecones, que no es fácil considerar en el día, demostrados con tinta encarnada en el Plano que acompañó la Declaración de Don Francisco Sostre, que me remitió y devuelvo adjunto.”
Dios guare á V.I. muchos años. Madrid 24 de enero de 1.802. Juan de Villanueva
Ilmo. Sor. Conde de la Cimera.”


LA CASA TERCIA

La Casa Tercia pertenecía a S.A.R., el Serenísimo Señor Infante Gran Duque de Parma, como Gran Prior que era de la Orden de San Juan. Este edificio se localizaba en la calle denominada de la Tercia.

Presentaba su fachada al norte con 40 varas de frete y 28 varas de fondo. Servía para la recolección de frutos decimales, pan, vino, etc.…Esta casa lindaba a oriente con la casa de José Santos, al sur con otra de la viuda de José Álvarez, y poniente con la calle de la Iglesia. En 1731 la Tercia solo tenía un cuarto, incapaz de enamorar las especies de granos con la separación que debía haber de ellos, habiendo terreno para construir otro cuarto. Para ello, según opinión de Don Francisco de Jaén Chacón y Vargas, Administrador General de las Rentas Decimales del Gran Priorato de San Juan, y de Juan Arenas, maestro de obras, se debía demoler el hastial que miraba al sol poniente- a la Parroquia- de 78 pies. Luego, se profundizarían sus zanjas y se haría la pared de 3 pies de grueso, de mampostería de cal, a 12 pies de alto desde el pavimento hasta enrasar con su armadura. Se elegirían tres ventanas, dos en la referida línea (de 3 pies de ancho y 4 pies de alto), y la otra en el frontis ( de 3 pies de alto y dos de ancho). Dichas ventanas se cerrarían con rejas carceleras, para la seguridad y purificación de los granos. La armadura de la habitación resultante se haría a par e hilera, los pares de tirantes labrados para bovedillas, separados 1 pie. La edificación de este cuarto tendría un coste de 6.600 reales vellón.
A partir de 1738 se hizo un inventario de alhajas y pertrechos de la Tercia, para el mayordomo o para el administrador.
En 1752, la Casa Tercia presentaba las siguientes habitaciones: dos cuartos bajos y tres altos –los cinco servían para graneros-, patio, bodega y jaraíz con 26 tinajas donde cabían
3.500 arrobas.

Debajo de la Panera –construida en 1734-, se hizo una bodega en septiembre de 1761 por un valor de 4889 reales vellón, siendo su maestro de obras Alfonso de Vargas. Este maestro, en 1769, reguló una habitación en la Tercia que se construiría para su administrador Pedro Luis Lujan, en 2.452 reales.

Las puertas principales de estas Casa Tercia eran de buena hechura de toda firmeza, a pesar de ello, en 1772 no se encontraban en uso, pues debido a la humedad, la madera estaba carcomida a media vara del suelo.
Para llevar a cabo la separación de las clases de granos diezmados, se fabricaron tres puertas en septiembre de 1775, por valor de 353 reales vellón.
En el año 1779 decidieron ampliar la Tercia. Por esta razón, compraron una casita contigua a ella, por donde se agrandaría el corral.

Los reparos se sucedían año tras año en la Casa Tercia de Villafranca. Así, al comenzar el año 1781, una nueva obra se emprendía: profundizar sus cimientos hasta la altura de 11 pies por unas partes y 9 pies por otras. Se desmonto 1 vara en la bodega y lagar para dar mayor altura a las oficinas, la escalera se mudo de sitio, a un rincón del patio. El relleno de las zanjas se hizo en hiladas o tongadas de 1 pie de alto por todo el ancho de aquellas. Las hiladas se hicieron a golpe de pison, con piedra mampostería y una mezcla de arena y cal (dos partes de arena y una de cal).

En 1788 se construyo un cobertizo, según el informe que aportó don Francisco Lujan.

Cuando ocurrió la tempestad del 2 de Septiembre de 1799, la Casa Tercia se inundo en toda su planta baja y oficinas. Y por la avenida del 14 de Septiembre de 1801, Francisco Sostre nos cuenta en su carta, como esta Casa se vio obligada a sufrir nuevos reparos: reforzamientos de cimientos, enfoscar y recalzar de cal hasta la altura de 4 o 5 pies, levantar el solado de los cuartos, despensa y despacho, y retejar todo. Estos tuvieron un valor de 1303 reales vellón.
El aparejador Don Joaquín Francisco Pérez notifico, el 27 de marzo de 1805, a Juan de Villanueva, el mal estado de la Tercia. La relación dada por Villanueva el 8 de abril de ese mismo año – en contestación al aparejador- señalaba que era imprescindible reparar los tejados, las armaduras y la pared y que la portada se ejecutaría de nuevo –por hallarse muy deteriorad- con el cobertizo que la defendiera de las aguas por dentro y fuera.
Llegados 1808, y como consecuencia del paso de las tropas francesas por esta villa de Villafranca, la Casa Tercia resultó destruida. Se produjeron varios hundimientos de sus tejados, como el de la panera, cuya madera se había podrido. Mas que servir de alojamiento a los franceses, la Tercia se convirtió en cuartel.

El 15 de diciembre de 1815, S. A. Mandó al aparejador del Gran Priorato, Don Joaquín Francisco Pérez, y al Administrador de Tercias, Don Dionisio Paris Marín, que ejecutasen los reparos convenientes de la Tercia. Su importe total fue de 10.585 reales y 29 maravedíes vellón.

Para poder habitar esta Casa, se hicieron en 1818 algunas composturas menores; bastidores, picaportes y cerraduras. Y en 1823 se arreglo la viga y lagar de la Casa para su próxima vendimia, por un valor de 80 reales vellón.
Luis Moreno Nieto en “La Provincia de Toledo”, 1960, se refería a este edificio cuando exponía: “La Casa Ayuntamiento y la llamada de la Tercia son notables por su construcción toda de piedra”
Lamentablemente, no tenemos la dicha de conservar hoy esta singular arquitectura.


ARTE RELIGIOSO

Era frecuente hacer donaciones de iglesias a la Orden de San Juan. Los miembros sacerdotes llevaban vida conventual, administraban las encomiendas y gobernaban en lo espiritual las iglesias a ellos confiadas, aunque también podían estar regidas por seculares. Si no la había, la levantaban, una parroquia en cada población.

Las parroquias, en este Priorato de San Juan, se erigieron con moldes canónicos propios y peculiares.
Villafranca de los Caballeros como localidad vinculada a la Orden Sanjuanista, estaba regida por sus estatutos, establecidos en los años 1.555 y 1.574. En el cap. 23 del til. 3º se ordenaba que fuera del cargo de la orden de restauración y reparación de sus iglesias y el

surtimiento de libros, ropas y vasos sagrados. Los representantes de la Orden de San Juan y de la Dignidad de Gran Prior insistieron en que las iglesias de su territorio temporal se declarasen todas regulares. Las debían sostener las mismas órdenes, manteniendo todo su derecho sobre ellas. La dignidad Arzobispal, a veces, contribuyó generosamente a estos gastos por pura beneficencia.
El método observado sobre el modo de ejecutarse las obras, ha sido diverso En los primeros procesos, los pueblos que pedían obra para su iglesia, dirigían su pretensión al Real Consejo, y este lo pedía por Real Provisión para que contribuyese la dignidad. Después se observó variación pues en 1669 se acordó que la Dignidad Arzobispal concurriera con la tercera parte del coste de la obra. En la concordia celebrada en 1698, en su cap. 2º, se concordó que la Dignidad Arzobispal podía mandar que se restaurasen las iglesias cuando estuviesen indecentes, por derecho delegado, y en cap. 3º se acordó tocar a esta dar licencia para edificar conventos, iglesias, ermitas, etc.… pero no para reedificar en el todo las iglesias y otros edificios ya fundados.

Las iglesias pertenecientes a este priorato eran reconocidas por el Señor Teniente de Gran Prior, y a partir de la Concordia de 1702 se resolvió que fuera un maestro de obras por cada dignidad.
En la Junta celebrada el 22 de octubre 1702, se pidió al Consejo que las dos dignidades contribuyesen para reparar y ornamentar sus iglesias.
Durante el siglo XVIII, según la relación de Fray Don Antonio Rodríguez de Aragón, las fabricas de las iglesias parroquiales del Gran Priorato de San Juan, tenían unas rentas tan cortas, que el Señor Infante Don Gabriel y sucesores –por ser Grandes Priores de la Orden-, se veían obligados a surtirlas de lo necesario y pagar los alcances de las cuentas de sus mayordomos. Los Propios concurrían con sus réditos a los gastos precisos, diarios e indispensables del culto divino.
Las fábricas de las iglesias tenían sus administradores y mayordomos de rentas, propuestos por las villas para un año. Pero el estado de aquellas, llego a ser tan lamentable, que los Grandes Priores determinar, para la conservación y permanencia de sus bienes, nombrar Mayordomos Administradores, inteligentes y servidores de la Religión de San Juan.


ERMITAS 

ERMITA DEL STO. CRISTO DE SANTA ANA

ARQUITECTURA

Esta ermita se edifico a fines del siglo XVII o principios del siglo XVIII justo al lado de una antigua ermita dedicada a Santa Ana intramuros, al nordeste del pueblo. Sabemos que la ermita primitiva de Santa Ana existía en 1691, por un documento escrito que nos habla de cómo un reo, Agustín Fernández Mazarambroz, quebranto sus puertas y se refugió allí. Bajo los cimientos de esta capilla, cuenta la tradición, apareció la imagen del Cristo de la

Veracruz, que por haberse hallado en ese lugar, dio el nombre a la ermita que, posteriormente, se erigiría en aquel recinto. El relato nos sigue diciendo, como Don Alfonso Díaz de la Beldad y Cervantes-sepultado en una de las capillas laterales del Altar Mayor- mando levantar la ermita al Santo Cristo de Santa Ana en pago a una atención especial que tuvo a bien concederle el Cristo de las Enagüillas. Después, se convirtió en Prioste Mayordomo de la Cofradía de la Hermandad de Santa Veracruz. Su esposa, Clara Manuela López y Cervantes, se enterró en la otra capilla lateral del Altar Mayor, correspondiente a la antigua ermita de Santa Ana.
La planta de la Ermita es de tipo salón, respondiendo a las características barrocas de su tiempo. Está formada de tres naves, alzadas a poca altura, separadas por arcos de medio punto sobre pilares cruciformes. El crucero no se destaca al exterior, y con cabecera recta. Esta planta siguió el modelo de otras construcciones barrocas, andaluzas, como la Iglesia de San Juan de Cuevas y otras…
Atendiendo a su extensión, vemos que tiene 32 m. y ½ en sus lados norte y sur, 19,20m su lado este o cabecera. Incluida la Sacristía. Y 15 m. y ½ el lado oeste. O zona de los pies. El crucero mide 13 m. y ½ de largo por 6,35 m de ancho. La nave central tiene 6,35 de ancho y las laterales 3,70 m.

El abovedamiento de esta ermita también responde al tipo de edificios religiosos del siglo XVIII. La nave central está cubierta por medio cañón con lunetos ciegos, y las laterales por crucería, estructuradas en tramos rectangulares por medio de fajones. Los brazos del Crucero, así como la Sacristía y la Capilla del Altar Mayor se cubren igual que la nave central. Las capillas laterales del Altar Mayor, se abren a él, y presentan bóvedas de crucería.
La bóveda central del Crucero es una cúpula semiesférica sobre pecinas, levantada sobre un cuadrado de 6,35 m. por 6,35. La clave de esta bóveda se ha transformado en un cupulillo cilíndrico, con linterna. Esta cúpula descansa sobre cuatro grandes pilares irregulares y achaflanados, con el fin de ofrecer mayor visibilidad a la Capilla Mayor. La cúpula no se destaca al exterior, en su lagar se eleva un macizo cuerpo cuadrado, con tejado a cuatro aguas.
Aparte de los cuatro compactos pilares del Crucero, las naves se hallan separadas por unos pilares cuadriformes de 1m de grosor.

El coro se construyo a los pies, extendiéndose a las tres naves, abierto por medio de una baranda de madera como herencia del periodo renacentista.
La Ermita se construyo con unos muros de 90 CMS., aproximadamente, de grueso. Su aparejo se hizo de mampostería de piedra, de varias clases, como los de la Parroquial. Sus esquinas se reforzaron con sillares, al igual que la Iglesia.

En los lunetos del muro se abrieron ventanas rectangulares con derrames hacia dentro. La deficiencia del material se suplió, mas tarde, con la riqueza de su decoración.

El solado estaba formado de baldosas de piedra rojiza de gran tamaño. Con el paso del tiempo estas losas se cubrieron de escoria para aislar el nuevo piso de madera.
En esta ermita se distinguen dos fachadas, una al oeste y otra al sur, siendo la principal la de los pies.

Elevada majestuosamente hacia poniente, se levanta una fachada lisa, con sencilla portada dominada por una espadaña. La puerta, con canceles en interior- se halla enmarcada por una decorativa moldura limitada por dos pilastras de fuste cajeado- logrando mayor claroscuro- y de alta basa, y con capitel moldurado. Estas pilastras sostienen un entablamento quebrado con el friso formado de triglifos, con gotas, y metopas lisas; con cornisa, sosteniendo dos flameros. Esta composición arquitectónica sirve de base a toro piso superior que repite el mismo esquema- de molduras y pilastras- a menor escala. Este cobija en su interior un ventanal enrejado que se corona con un pequeño frontón triangular y partido por un escudo (probablemente del de la Orden de San Juan o el del fundador de la ermita), deteriorado. Este frontón se adorna con unos pináculos, como prolongación de las pilastras. Por último, el conjunto de la fachada queda rematado por una espadaña de un solo cuerpo, con vano entre pilastras cajeadas y volada cornisa.

En líneas generales, el esquema de la fachada consta de una zona rectangular culminada por un gran frontón triangular, partido, para dejar paso a la ventana que sirve de iluminación al coro interior, del mismo modo que las otras dos abiertas a os lados del almohadillado que forma la calle central. La espadaña pone el último punto decorativo a la fachada, reducido exclusivamente a un triangulo central.
Esta fachada por su austeridad y recorte geométrico, viene a entroncar con lo manierista, a pesar de su fecha.

La fachada sur presenta como única ornamentación su puerta, de 2,18 m de ancho, encuadrada por sillares de piedra con decoración romboidal. Sobre ella una cornisa saliente, ventana y pináculos. El resto del muro se presenta liso, con aberturas para las ventanas. Como prolongación de esta zona sur de la ermita, se aprecia al exterior un gran ventanal formado por un arco de medio punto adovelado, perteneciente a la que fue la entrada de la Ermita de Santa Ana.
La Ermita del Santo Cristo de Santa Ana de Villafranca, fue habilitada como Iglesia mientras se llevaron a cabo las obras de nueva fábrica de la Parroquial. La opinión del maestro Francisco Sostre fue contraria esta medida, quien después de reconocer la Iglesia Parroquial y esta Ermita, vio que esta última no tenia medio para poder habilitarla por ser muy reducida e inferior en más de la mitad de pies cuadrados superficiales de lo que era la Iglesia. También encontró que no tenia altura ni capacidad para alberga a toda la población, ya que aunque tenía tres naves, solo se podía ver misa en el Altar Mayor desde la nave del centro por demasiado grueso de las pilastras. Tampoco convenía la idea porque esta ermita estaba situada en la parte más inferior del pueblo, con riesgo a inundarse, y por qué no se podía aumentar su extensión. Los vecinos se quejaron de esta medida por la humedad que existía en ese lugar.

Durante la guerra civil, 1936-39, esta ermita sufrió desperfectos apreciables. Inmediatamente de ser requisada por las milicias fue convertida en cuartel y garaje para tropas de aviación y tierra.
El Cura Ecónomo Don Lucio Hidalgo Lucero, el 17 de agosto de 1947 escribió un testimonio de sus desperfectos y reparaciones. Los tejados de la Ermita sirvieron, como en la Iglesia, para entretenimiento de los niños, de ahí que se quebraran la mayoría de las tejas. Las paredes, debido a las humedades y al abandono, estaban salitrosas y, así mismo el piso -de entarimado-, estaba mugriento y roto. En el momento de reparar el edificio se comenzó por el arreglo detenido de los tejados, siguiendo por el elucido de paredes y zócalos –todo por 700 Ptas.-, para finalizar con el retoque de la pintura en los zócalos (al óleo), capillas y sacristía- por 2371 Ptas.-.; en esta última se puso suelo mosaico. Entre las cosas que adquirieron están: un armonio (2800 Ptas.), un confesionario (300 Ptas.), 10 bancos corrientes recuperados, unas andas, una mesa cajonería (450 Ptas.), una campana pequeña (2200 Ptas.) y dos lámparas araña pequeñas (400 Ptas.) luego se instalo una electrizada de seis luces.
Las últimas obras del reparo de esta ermita fueron 32. 721 Pta.

Las últimas obras realizadas en esta ermita datan de 1.975. (POSTERIORMENTE HA SIDO REPARADA ESTA ERMITA).
En ella se hicieron las siguientes reformas: en las paredes interiores se puso un zócalo de mármol, el entarimado del suelo se cambio por terrazo, la verja que cerraba la Capilla Mayor desapareció, al mismo tiempo que el pulpito de hierro colocado en un pilar del Crucero- el de la derecha en dirección al Altar-, y en la Capilla Mayor se deposito una mesa de mármol en su centro.

PINTURA

Podemos asegurar que la pintura es una de las notas más sobresalientes en la Ermita del Santo Cristo de Santa Ana. Se ignora el momento de la realización de toda su decoración pictórica. El único testimonio escrito que poseemos es el que se conserva en el arco que da paso al Presbiterio y que dice: ” SE PINTO ESE CRUCERO A AESPENSAS DE DON ALPHONSO DIAZ DE LA BELDAD Y CERVANTES Y DOÑA CLARA MANUELA LOPEZ Y CERVANTES.
Si sabemos que Don Alfonso murió en 1737, la pintura podría datar de fines del siglo XVII o principios del XVIII. Posiblemente, el resto de la pintura que llena el conjunto – muros, techos, pilastras, etc,..- date de ese tiempo. Todo es una exuberancia naturalista y colorista. Los muros y pilastras presentan esta decoración a manera de pequeños tapices o colgaduras a cuyos temas predominantes son la flor con hojas, los roleos entrelazados y los arabescos. Al mismo tiempo aparecen grecas, cenefas, etc… ocupando todas aquellas zonas que en otro lugares se hubieran dejado libres. La costumbre de integrar lienzos en los muros continuos como en el manierismo.

Con el paso del tiempo, las paredes de esta ermita se vieron embellecidas con distintas figuras de santos, uno en cada tramo, rodeando todo el espacio. En el muro norte- desde el Crucero hacia los pies- se hallan, -(Hallaban),-, San Lorenzo, San Juan de Mata, San Francisco de Paula y Santa María Magdalena ante el Señor. En el muro sur, siguiendo las misma dirección-, Santa Beatriz de Silva, la Sagrada Familia, Santa Bárbara, y San Antonio de Padua. A los pies- de norte a sur-, San Vicente, San Diego, San Antonio Abad y San Isidro (dos a cada lado de la puerta).
Estas decoraciones ala fresco marcan la perspectiva por medio de la referencia que se hace al paisaje, a los árboles, edificios- en su mayoría fortalezas-, etc. Esto lo apreciamos, por ejemplo, en San Juan de Mata, o bien en las construcciones que ornamentan los lunetos de los brazos del Crucero.

La temática de santos se continúa en las enjutas de los arcos que dan entrada a las capillas laterales al Presbiterio. En la del norte aparecen Moisés y Nuestra Señora de las Mercedes, y en la del sur esta San Bernabé Y San Juan de Sahagún. Estas pinturas de santos tuvieron que ver con la familia Gómez-Chacón Díaz de la Beldad, a la que pertenecía Bernabé, Mayordomo de la Ermita desde 1918 hasta su muerte en 1973. Dicha familia fue la encargada de elegir los personajes representados en estos arcos de acuerdo con los nombres de los miembros que la integraban.

El Crucero, según vimos, fue pintado por orden de Don Alfonso y esposa. Las cuatro pilastras que sustentan el tramo central están horadadas formando cuatro hornacinas donde se encuentran depositadas imágenes de la Pasión, sobre las que hay unas frases alusivas al lugar sagrado. Las pecinas se decoraron con los cuatro evangelistas- apoyados en sus propios símbolos- a modo de medallones, en medio de una decoración vegetal simétrica. Puede ser San Marcos o San Mateo, pues no se aprecia bien el símbolo. Y, tras unas molduras imitando diferentes mármoles, llegamos a ornamentación de la cúpula. Esta se presenta dividida por ocho nervios, decorados con grecas y con variada vegetación. El tema que llena cada uno de sus plementos es el de ángeles músicos y cantores asentados encima de una balaustrada que parece separar lo terrenal de lo celestial. Los ángeles descansan, plácidamente, entre nubes y serafines y están ataviados con túnicas y medias. Un rayo de luz los envuelve. De los instrumentos utilizados cabe distinguir: un laúd, una trompeta y un cuerno. La gama de colores que embellece esta bóveda celestial es muy escasa, giran en torno al verde, ocre, bermellón y colores tierra.

Las bóvedas de las tres naves siguen la misma temática de la filigrana, la cenefa, los florones, y además, aparece un nuevo motivo, la Cruz de San Juan, de ocho puntas, blanca, sobre fondo negro, situada en el centro de las bóvedas de medio cañón.

La pintura de la Ermita ha sido restaurada en varias ocasiones, tenemos noticia de que lo fue en el año 1923, 1939, y 1976.(Posteriormente ha sido otra vez restaura, a partir de 1993).
Las pinturas del Castillo de Guadamur de Toledo y el techo de la Capilla Concepción de La Guardia de Toledo, entre otras, tienen bastante que ver con las que aquí se muestran.

Igualmente, la profusa decoración pictórica del interior de la Iglesia de San Juan Francisco de Lima, en nave central, recuerda la ornamentación sobrecargada de esta Ermita del Cristo de Villafranca.
No cabe dudad de que su colorido es lo más llamativo del conjunto, pareciendo estar destinado con complacencia a los fieles, en lugar de ofrecerse a Dios en homenaje.

ESCULTURA

En la época barroca, la imaginaria adquirió gran desarrollo. Aparecieron estatuas situadas en hornacinas, bien en el muro o en el retablo, incorporando a la ceremonia la imagen y la casi viva presencia de los santos a los cuales evocaban.

Los rústicos artesanos incurrían en una policromía intensa y abigarrada, de ahí que sus estatuas ofreciesen colores chillones y revestidas de toques violentos.
Con frecuencia, las personas que hacían algún encargo a un artistas, indicaban en un contrato las estatuas que debían figurar, por ejemplo en un retablo, precisando la expresión que se les había de dar.
En el siglo XVII surgió la imagen procesional. Se realizaba con el fin de ser vista por los fieles, sobre todo el paso procesional, para después ser contemplada en su altar. También se dieron las figuras de vestir, especie de armazón de palos que sostenía cabeza, pies y manos, unidas partes talladas, mientras que el cuerpo se sustituía con auténticos vestidos. Ejemplos de este tipo de figuras, utilizadas igualmente como paso procesional, son la Verónica, la Virgen del Rosario y la Soledad, de Villafranca.

Don Lucio Hidalgo Lucero refiriéndose a esta Ermita, dijo: “Esta pequeña Iglesia conservo siempre gran numero de imágenes ya que en ella se guardaban los pasos e imágenes de Semana Santa”.
Las escenas pintadas y las estatuas componían un gran aparato escenográfico conocido con el nombre de retablo. La ermita del Cristo guarda en el Presbiterio, como si de un tesoro se tratase, una prueba de lo que fue el retablo barroco.

Este retablo fue concebido a manera de arquitectura, formado por dos cuerpos y tres calles.
El primer cuerpo está dividido por elegantes columnas salomónicas, decoradas con racimos y pámpanos, y con capitel compuesto, adquiriendo un aire imponente de arco triunfal. El cuerpo superior es como un ancho frontón curvo, cuya decoración lateral, de palmas en espiral, recuerda las grandes volutas que remataban las iglesias barrocas italianas. Esta distribución nos acercaría a los retablos de las iglesias flamencas. Todo él se foro con pan de oro. Acabada la guerra civil en 1939, este retablo se reconstruyo en mampostería y madera.

Al volver nuestra mirada al cuerpo inferior, centramos toda nuestra atención en la imagen de Santísimo Cristo de Santa Ana cobijado en una hornacina en la calle central. Sucedía, a

veces, que alrededor de una estatua, objeto de una devoción especial – el Cristo es el patrón de Villafranca de los Caballeros-, el retablo se desplegaba como un inmenso cuadro o vasto relicario. La imagen de nuestro Cristo, en voz de la tradición, apareció sepultada en la antigua Ermita de Santa Ana. De ella, lo único original que se conserva es el pie derecho y la cabeza – salvada gracias a la acción de Rito Naranjo Pastrano y guardada durante la guerra civil por su hermana Juana-, pues el resto del cuerpo pereció en esa guerra. Un taller de imagineros de Valencia reconstruyo, en 1939, la talla del Cristo de Santa Ana, basándose en una fotografía de comienzos de siglo que reproducía la primitiva figura, en madera de gran calidad y sin enagüilla. Es un cuerpo proporcionado y bello. Por el realismo y dramatismo de su cabeza podría fecharse dentro de la imaginería barroca del siglo XVII. Su indumentaria se compone de una rica engullía o tonelete. Esto nos acerca a una leyenda- conocida por todos los villafranqueros – en la que narra como un Cristo, de semejante atuendo, se apareció en un navío a Don Alfonso Díaz de la Beldad y Cervantes, en medio de una terrible tempestad. A finales de mayo de 1991, en Socuélanos fue restaurada la cabeza de esta imagen.
A ambos lados de hornacina del Cristo- en forma de cruz- se fingen otras dos semicirculares. En cada una de ellas se han colocado imágenes de Santos, hasta 1936 San Cristóbal y San José y actualmente, María Magdalena y San Juan.
Si ascendemos al segundo cuerpo de dicho retablo, vemos como está sujeto por una especie de cornisa, con canecillos ricamente ornados, que sirve de línea divisoria de ambos cuerpos. Palmas, guirnaldas y flores ambientan la parte central, ocupada en otro tiempo por una imagen de la Virgen con dos niños en sus brazos- Jesús y Juan-, dentro de un nicho casi cuadrado, reemplazándose después por un lienzo con Santa Ana y la Virgen Niña.
A menudo, un cuadro llenaba el centro de los retablos y en torno a él se ordenaba la composición. Era como la escena principal a la que todos los demás elementos complementaban.
El lienzo que hoy preside el retablo de la Ermita del Cristo de Santa Ana, data de 1939, fecha en que fue regalado con ocasión de la restauración de la pintura de esta ermita. Ahora, desde su lugar, contempla la escena de pasión que se desarrolla a sus pies. El tema de Santa Ana, iniciando a la Virgen en las Sagradas Escrituras, ha sido poco tratado, sin embargo, aquí lo vemos recordándonos la dulzura de las escenas familiares que Murillo pintara sobre la Sagrada Familia. Son figuras llenas de sosiego y tranquilidad, en un ambiente apacible y santo. Los dos personajes llenas el cuadro en su totalidad. La imagen de Santa Ana se solía sumar a la de la Virgen o Jesucristo. De ahí que esta iconografía quiera significar un rendido homenaje a su familia, cuya genealogía se hace constar en el nombre de nuestro patrón, el Cristo de Santa Ana.
Hace aproximadamente 40 años que se restauro este cuadro.

Durante la guerra civil, además de partes arrebatadas al Retablo Mayor, perecieron tres altares laterales, 22 imágenes de talla y dos carrozas. En 1939 se pusieron dos altares

laterales nuevos por un importe de 9.750 Ptas. (incluida restauración de Retablo Mayor), y se compraron 6 imágenes cartón-piedra por 13.500 Ptas.

ERMITA DE SAN BLAS

En la zona donde se erigió la ermita de San Blas, en el siglo XVIII, se hallaba el mayor numero de casas del pueblo. También era un lugar muy expuesto a las avenidas del Río Amarguillo, por estar en un nivel más bajo que este. Se edifico al sudeste del pueblo. Su entrada la tiene al norte. La techumbre es de madera, a dos aguas, como la que tiene la ermita de San Antón.
Con la guerra civil desaparecieron: la imagen de la talla de San Blas, una altar, un vía crucis, 6 lienzos tamaño regular, un alba y una casulla encarnada, 4 bancos, una mesa, una campana, una zafra y otros objetos.
En 1939 se instalo un altar de madera y la Hermandad de San Blas compro la imagen que hoy día se venera, por 825 Ptas. El altar que contemplamos actualmente, lo realizaron en 1939 Florián Alberca y Pío González, para uno de los brazos del crucero para uno de los brazos del crucero de la Iglesia de Nuestra Asunción de Villafranca.
(En la actualidad se reedifico esta ermita quitando el altar de madera, siento el techo de teja)

ERMITA DE SAN SEBASTIÁN

A oriente de la villa de Villafranca, y extramuros, se levanto esta ermita dedicada a San Sebastián.
En 1703 ya estaba construida, siendo su mayordomo Cristóbal de Bustos. Es rectangular, cubierta en un principio con armadura de madera, hoy tiene cielo raso.
Esta ermita pertenecía a la Sagrada Religión de San Juan.

A ella solían acudir, al toque de campana, los vecinos para oír misa.

Por no poderse reparar en su tiempo, llego a arruinarse en 1732. Al estar sin puertas, los muchachos entraban y salían a su antojo, al igual que los animales. A pesar de ello, no sirvió para usos profanos, por lo que la devoción de los fieles quiso reedificarla con sus limosnas.
En 1783 se mando hacer un inventario de las posesiones, se reparo y fue administrada por la Iglesia.
Durante la guerra civil esta ermita también fue ocupada haciendo desaparecer la primitiva imagen de San Sebastián, de madera, una casulla blanca, un vía crucis, 4 cuadros, una zafra de aceite, y 2 bancos. A su término se coloco un altar de yeso provisional, una imagen de San Sebastián de 750 Ptas. y 2 bancos.

SAN ANTONIO ABAD

La Ermita de San Antón, como se le conoce normalmente, está situada en la extremidad oeste de Villafranca. La humedad que le era propia en la antigüedad, se debió a la proximidad del Río Amarguillo y a sus constantes inundaciones.
Su fabrica data de enero de 1718 y se debió al licenciado Juan Sánchez Panadero y a otros devotos de Villafranca.
La extensión que presenta es la siguiente: lado norte 17 metros y ½, lado sur 18 m., lado este 6 m. y ½., lado oeste 8 metros.
Con motivo de la bendición de esta ermita y colocación en ella de la imagen de San Antonio Abad, se formo una disputa entre el Comendador de la casa y hospital de San Antonio Abad extramuros de Toledo y el Prior de San Juan, en la que este alegaba:”…haber un altar del mismo Glorioso santo en la Iglesia Parroquial de dicha villa…”.
A pesar de todo, la ermita se llego a bendecir.

Sus muros son delgados, ya que desde un principio, tuvo una cubierta con armadura de madera a dos aguas y con hastíales, o en forma de artesa. La cabecera forma la Capilla del Santo, cubierta con casquete esférico de ocho nervios de sección cuadrada. Unida la capilla existe una habitación que hace el oficio de sacristía, de 4,60 metros de largo y 2,11 de ancho, en cuya pared oeste hay abierta una ventanita.
La parte este, que hoy forma los pies, fue una especie de atrio cubierto, por lo que servía de refugio a los transeúntes y razón por la que se cerró dicho espacio.
Cuando se edifico la ermita, su interior se decoro con pinturas al fresco, de colores vivos, con abundante vegetación a manera de la ermita del Cristo de Santa Ana. En 1940 se renovó la pintura haciendo desaparecer su primera ornamentación.
El altar y la imagen de San Antonio, que se venera actualmente, no son del siglo XVIII. La imagen fue quemada durante la guerra de 1936. Los vecinos de la calle de Toledo, de Villafranca, compraron la nueva imagen en 1939 por un valor de 700 Ptas. y un altar de madera nuevo por 900 Ptas.
En 1752 Juan Sánchez Panadero, presbítero de Villafranca, era el Administrador de los bienes de este Santo. Anualmente pagaba 24 reales vellón al Hospital extramuros de San Antonio Abad de Toledo.
En el año 1786, aparte de la ermita de San Antón, existían en Villafranca, las de San Sebastián, San Juan Bautista, San Blas y Nuestra Señora de la Asunción en el hospital de su nombre.
Es propiedad del santo un báculo de plata que le fue donado en 1929 por Florencio Fernández y esposa, y que solo luce el día de su fiesta, el 17 de enero.

En la guerra civil esta ermita quedo convertida en cárcel. Se destrozaron sus grandes puertas de calle, un vía crucis, una campana, 4 bancos, una mesa, una casulla blanca, un alba y una zafra con aceite. Todos los reparos costaron 7.380 Ptas.

ERMITA DE SAN ISIDRO

En 1952 la Hermandad de Labradores de Villafranca mando edificar una ermita dedicada a San Isidro en las ruinas del molino de viento del Tío Cirilo, al lado de las Lagunas. Su imagen primeramente, se venero en la Iglesia de Villafranca.

ERMITA DE SAN MARCOS

En 1956 se construyo la ermita de San Marcos, al este de Villafranca. La imagen fue adquirida por los tejeros de este lugar.

ERMITA DE SAN JUAN

La ermita de San Juan Bautista se ubico en la zona norte del pueblo. Era la única ermita exenta. Hoy día no se conserva.
Para la fiesta de este santo, el Común debía satisfacer, anualmente, la cantidad de 62 reales de vellón. Don Pedro Alfonso Díaz Hidalgo Valenzuela era el Administrados de los bienes de la referida ermita en 1753.
Patricio Díaz Avilés, maestro alarife, señalo el lamentable estado en que se hallaba la ermita en aquel año, sobre todo en el 19 de febrero en que se apuntalo una quiebra del tejado.

Otra reparación tuvo lugar en 1764, para la cual, la villa recogió 1100 reales, habiéndose regulado sus gastos en 1931 reales, por Don Alfonso de Vargas, Maestro Mayor de la Dignidad Prioral.
En 1783 también se hizo el inventario de las posesiones de esta ermita. En 1784 fue, de nuevo, mandada reparar su fábrica su altar. Y cinco años más tarde, el Contador Mayor de Toledo, condescendió con las obras realizadas en esta misma ermita.

Destruida esta ermita, se levanto otra en la segunda mitad del siglo XIX, fuera del pueblo, rectangular, dedicada al mismo santo, junto al actual cementerio, sirviendo de Iglesia Cementerial. Su fundadora responde al nombre de Doña Florentina Ropero, cuyas cenizas se encuentras allí enterradas. Su extensión es de 8 m. de largo por 5,30 m. de ancho. Fue inaugurada el 2 de noviembre 1894.
Esta ermita de San Juan pasó a ser propiedad de la familia Gómez-Galán Fernández- Mazarambroz.

ERMITA DE LA SANTA CRUZ

En época cristiana se erigió la Ermita de la Santa Cruz en el lugar que conocemos por Plaza de la Cruz de Lozano.

Esta ermita tenía una cruz grande madera, una mesa, un vía crucis y varios bancos.

Hasta la guerra de 1936 esta ermita se mantuvo en pie. Al ser destruida, se emplazo en este mismo lugar una cruz, quizás como símbolo de la advocación de la antigua ermita: también puede que esta cruz tuviese que ver con las normas de Trento, en que se decía:”…en el sitio de la Iglesia o ermita profanada e ha de poner una cruz grande que no sea fácil de quitar, para indicar que allí hubo un templo consagrado a Dios y tratar el lugar con el debido respeto.

ERMITA DE SAN CRISTÓBAL

Esta ermita estaba a corta distancia de Villafranca. A ella se llegaba por el Camino que va a Tembleque, llamado: Camino de San Cristóbal.
Es una edificación extramuros, con entrada a oriente.

El bachiller Don Pedro Simón García de Yébenes la administro en 1752, y en 1784 la Iglesia se encargo de su administración, por no tener mayordomo.
En el año 1803 la ermita se arruino, Nicolás María Manrique, presbítero de Villafranca, pidió permiso para vender los despojos de la ermita, madera, y teja, y con su valor repararía las murallas dejando cerrado aquel sitio por si en lo sucesivo hubiese caudales o devotos que la quisieran reedificar y colocar la misma imagen.
(Hoy día hay una ermita de San Cristóbal en las Lagunas).


ARQUITECTURA CIVIL EN VILLAFRANCA

AYUNTAMIENTO

A través del Catastro mandado hacer por el Marques de la Ensenada en el año 1.752, tenemos noticia de que las Casas de Ayuntamiento, estaban situadas en la Plaza Pública del Ayuntamiento. Eran de piedra y pertenecían al Concejo de la villa. Su fachada daba al sur y tenía 31 varas de frente y 9 varas de fondo.
“Su habitación consiste en tres cuartos bajos, uno que sirve para Peso Real, y los dos para celebrar los ayuntamientos y custodia de los papeles, y una cámara grande en alto que sirve para poner el grano del Posito”.
El Pósito tenía un caudal de 3.500 fanegas, y se convertía en préstamos a los vecinos en los tiempos de simienta y recolección de frutos. Debajo del Pósito, un cuarto se dedicaba a carnicería”…con 9 varas de frente y 13 varas de fondo. Con dos tajos para romper las reses…”
Siguiendo con el siglo XVIII, diremos que estas casas de Ayuntamiento lindaban “…a oriente y norte con casas del Santo Hospital y a poniente con otras de Francisca Rodríguez de Lope..”

Den 1963 se llevo a cabo la reforma del edificio del ayuntamiento. Su arquitecto fue Gómez Luengo y el aparejador Jesús Guillén Aragonés. El interior siguió con una distribución de habitaciones similar a lo que anteriormente existía. La fachada fue la que sufrió mayor transformación. Sobre su puerta principal aparece el escudo de la Orden de San Juan, como en el antiguo edificio. El importe total de la obra fue de 899.696 ptas.

HOSPITAL

En Villafranca, el recinto del Hospital albergaba, en el siglo XVIII, la propia casa del hospital y una ermita contigua a ella, con la advocación de Nuestra Señora de la Asunción. Este hospital estaba dentro de la población, en la calle de la Virgen. Su fachada daba a oriente, de 10 varas de frete y 22 de fondo. Lindaba al sur con la plaza pública, a poniente con casas de Francisco Rodríguez de Lope, y al norte con las de Don José Álvarez de Lara.
En 1709 se hablaba de cambiar de lugar esta Casa Hospital, así como el Peso Real, para ponerlos en la calle Real de Herencia en casas de Alfonso de Lara, para hacer en estas un nuevo y más adelantado hospital, y en aquella hacer la cárcel pública.

En antiguo hospital tenía dos cuartos bajos, pequeños, en los que nunca entraba el sol, cámaras en alto, dos cocinas, patio, pozo y corral, este en cuadro de 10 varas. En el nuevo hospital se construirían -además de los edificios citados-, dos cuartos dobles y un corrido, con capacidad para patio y traspuerta.

Sus bienes eran, sobre todo, tierras de secano. Se mantenía con las rentas que daban de si estas tierras, que eran 300 reales vellón anualmente y que se gastaban en los pobres. Su Administrador, en 1752 era Don Mateo Manrique Ramón.

En 1780 el Mayordomo Administrador del Hospital, Vicente Antonio Martin de la Alberca, comunicaba que este lugar se hallaba en estado ruinoso. El 4 de enero de 1782, Alfonso Lujan y Cañizares, Prior de Villafranca, junto a Eugenio Volante, maestro alarife de esta villa, hicieron teóricamente los gastos de materiales necesarios, para construir un corrido que cayese al patio, para reparar el cuarto ultimo o cocina llamada de pobres y el cuarto que daba a la calle, para ensolar, jaharrar y blanquear sus oficinas y para empedrar su húmedo patio. Ellos calcularon un total de 1.680 reales vellón.

Aun haciendo este arreglo, quedaría sin comodidad para recibir enfermos. Por ello, el Prior pensó dejar que se arruinase, pues hasta esa fecha solo había servido para recibir a algún enfermo transeúnte, para hospedar quinquilleros y gente de mal vivir. Más adelante, su informe decía que la villa y el Párroco eran los patronos del Hospital y que forzarían al Común para que la obra fuese poco costosa, y que la disposición de habitaciones y su coste la haría un maestro inteligente pues los que había en Villafranca eran muy cortos. Así fue como en el mes de febrero del mismo año, José Palacios, Maestro Arquitecto de la Dignidad Prioral, paso a reconocer el Hospital de pobres mendicantes, naturales de Villafranca. Encontró que su fábrica se estaba arruinando en su mayor parte, tanto en sus antiguas paredes de tierra como en sus hundidas armaduras. Por este motivo, pensó demoler toda la parte que daba a la calle principal, de la Virgen, incluida la cocina, para ejecutarlo de nuevo. En este mismo sitio, se proporcionaría una o dos piezas para los enfermos y otra, con su cocina, para los transeúntes. Una pieza emplazada en un segundo patio, compuesta y aseada, podría servir par las gentes destinadas al cuidado de los pobres. Todo ello, se construiría, de buenos materiales, aprovechando los que resultasen de la demolición, por un coste de 5000 reales vellón.

El Hospital se llamaba “Nuestra Señora de la Asunción” por venerarse esta imagen en la capilla adosada a él, con su fachada en la calle la Virgen. Este recinto sagrado tenía unas verjas de madera que separaban de las oficinas del Hospital.

En 1782 su cubierta s encontraba hendida, siendo reparada por el maestro José Palacios.

El Mayordomo de la Cofradía de Nuestra Señora de la Asunción, en 1782, era Juan Manuel Martín de la Alberca, labrador y comerciante, pasando después el cargo a su hijo Don Vicente, clérigo de menores.
A fines del siglo XVIII, según noticias de 1796, este Hospital – como los demás dependientes de la Orden de San Juan-, remitía, mensualmente, unos ejemplares sobre el estado del mismo. Allí se señalaban los enfermos existentes, los curados, los muertos, los que habían entrado, así como los gastos de curación, de salario, de dependientes y de socorros a enfermos fuera del Hospital. También había un apartado destinado a los caudales de consignación hecha por Su Alteza, el Infante Don Gabriel, de rentas limosnas, total de entrada en el mes y las existencias para el mes siguiente.
Madoz, en su Diccionario Geográfico de 1850, decía que Villafranca de los Caballeros tenia”…un hospital sin rentas…”. A partir de esta fecha ya no se tiene noticia de su existencia.

CARCEL

En 1709 se creyó conveniente hacer la Cárcel Publica en el lugar que antes ocupaba el Hospital, en la calle la Virgen, por carecer de una cárcel decente. Sin embargo, esta cárcel se construyo en la Plaza del Ayuntamiento, contigua a este, en la casa del Peso Real por ser muy recogida.
En siglo XVIII, había una casa que servía de cárcel en la calle del Riato con fachada al sur, de 16 varas de frente y 24 varas de fondo. A oriente lindaba con la casa de Francisco Infante, y a poniente y norte con la Casa-Mesón de Don Juan Alfonso del Val, presbítero de Villafranca. En 1752 tenía tres cuartos bajos con las prisiones correspondientes, patio, pozo, corral y cueva. Y en 1796 según el informe del Gobernador del Gran Priorato de San Juan, quedaron dos cuartos que servían de calabozo, sin ningún resguardo y seguridad por lo débil de sus murallas, paredes, puertas y cerrajas.
En 1850, Madoz escribía que en Villafranca hay una”…cárcel arruinada-“ de la ya no se ha vuelto a saber nada.

MESON

Se tiene noticia de que en el año 1587 existían algunas ventas o granjas en el poblado de Villafranca.
Las Casas-Mesón, según el año en que se hicieron las Relaciones del Catastro del Marqués de Ensenada, 1752, estaban enclavadas en la calle del Riato. Su fachada daba al sur y tenia de frente 14 varas, y de fondo 18. Se dividía en dos cuartos bajos con sus cámaras correspondientes, un patio con pozo, dos cuadras, pajar y corral en cuadro de 9 varas.
Este mesón pertenecía Don Juan Alfonso del Val y Heredia, presbítero y vecino de esta villa. El mesonero era José Gómez Calcerrada y se ayudaba de seis criados.
La Casa lindaba a oriente con la Cárcel Rural, a poniente con la calle de la Virgen y al norte con la casa de María de Úbeda. Generalmente, este mesón servía para albergue de los trajinantes. Producía alrededor de 800 reales vellón al año. Este mesón no se conserva en la actualidad.

VIVIENDA

A la hora de tratar de la casa en Villafranca de los Caballeros, en su conjunto, es preciso distinguir entre la casa ubicada en el pueblo y la llamada casa-quintería, levantada en medio del campo que forma el término de esta población.

La casa construida en el interior de la villa se caracterizaba por ser, generalmente, de una planta, aunque existían otras – las más pudientes- que disponían de una planta mas con la cámara o camarón, utilizado como depósito de cereales y para guardar los aperos de labranza.

La casa villafranquera se aproxima al tipo de casa de la región, La Mancha, tipificada por ciertos elementos comunes.
En su fachada se alternaba la cal y el adobe. La piedra se utilizo en raras ocasiones.

Por ser un medio especialmente agrícola, su vivienda se distribuía, de la mejor forma, para este fin. El patio era el elemento fundamental de la casa labradora. Era descubierto y casi siempre encalado, como el exterior de la construcción. En este espacio se abrían entradas: a la cuadra, al corral y a la bodega, donde la familia almacenaba- en tinajas de barro- el vino procedente de la cosecha propia. En un ángulo del patio, solía haber, a veces, un rudimentario fogón. El interior de la casa, tenía en la cocina su pieza principal. Se trataba, en realidad, de una sala cocina, amplia y luminosa, en cuyo fondo se extendía el “humero” o chimenea baja. La gran campana y las paredes tenían largos vasares para depositar los utensilios culinarios o de adorno. El mobiliario lo componían el arcón de madera labrada y las sillas de madera y esparto, además de las rusticas cantareras. La cocina y las demás habitaciones se abrían a ambos lados de un largo pasillo. Las cubiertas eran de teja curva, fabricadas con gran estilo en Villafranca. Estas casas estaban preparadas para proteger a

la familia de los rigores del estío, sobre todo en las zonas definidas como “antepais estepario” donde sus temperaturas sobrepasan los 40º C.
Durante el verano, se desarrollaba la vida familiar en el zaguán, ya que sus compactos muros creaban allí una zona de frescor que permitía resistir la violencia de la canícula.
A principios del siglo XVII las viviendas eran, en su mayoría, pobres, excepto las de los hidalgos, cuyas puertas principales se coronaban con sus respectivos blasones. A mediados del siglo XVIII había 450 casas. De ellas, 25 inhabitables y otras tantas arruinadas que pertenecían al Señor Infante Duque de Parma – hijo de Felipe V- como Gran Prior de la Orden de San Juan. Se hacían de piedra y de tapia – tierra amasada y apisonada- y en 1788 se decía que estaban bien reparadas.

En el siglo XVIII, los corridos, por lo general podían estar doblados, y bien se ponían, en el patio o en el corral de las casas de morada.

La inundación ocurrida en Villafranca el 14 de Septiembre de 1801 arruino muchas casas. Esto no hubiera ocurrido si hubieran estado sólidamente construidas, “… si sus cimientos estuviesen a la altura de 5 o 6 pies desde el piso horizontal, y no de piedra y barro, y las tapias de tierra como generalmente lo son todas las de dicho pueblo. Era indispensable que hasta los 6 pies de altura fuesen construidas de piedra mampostería, cal y arena..”
Madoz, en 1850, decía sobre las casas de Villafranca: “…tiene 500 casas, de tapia en lo general y 2 pisos, destinado el bajo para habitación y el alto para granero.
La casa de Los Galitos era una de las más destacadas de Villafranca, construida en la calle de la Parra y con salida a la callejuela de su lado este. El blasón que culminaba la puerta antigua de esta casa, hoy se halla colocado a ras de suelo sirviendo de límite de las dos fachadas de casas en que fue dividida aquella.

Fuera del pueblo se encontraban las casas-quintería. Su función era servir para el resguardo de los aperos de labor y para el recogimiento de mozos y caballerías. Estaban formadas por un cuarto sencillo destinado para cocina, pajar y cuadra. Otras tenían por separado estas tres dependencias. Solo se habitaban en tiempo de la sementera y barbechera. En 1752 se contabilizaron siete casas de campo en término de Villafranca de los Caballeros.

Por desgracia, en la actualidad, el pueblo no ha respetado ni respeta su primitiva fisonomía. Sus primeras arquitecturas desaparecieron y han sido sustituidas por otras más funcionales sin valor estético alguno.

(“Estudio Histórico – Artístico de Villafranca de los Caballeros”) © 2004. María del Carmen Avendaño Pozo.- eltiocazuela.com)

0
0
0
s2sdefault
powered by social2s